BUBU el perro gigante

BUBU  el perro gigante ubu el gran perro de color gris, tenía el pelo aterciopelado, que brillaba a la luz del sol. Sus enormes orejas, gruesas y largas, colgaban al costado de su cabezota, dándole un toque de elegancia.
Este mastín napolitano vivía en el bosque junto a su familia en una cabaña de madera con amplios ventanales y una gran puerta. En su interior se podía ver un imponente hogar, donde siempre ardía un fuego abrasador. A Bubu le encantaba dormir largas siestas frente a él.
También le gustaba dar largos paseos por el bosque, en el cual vivían muchos animales y Bubu era amigo de todos. Entre ellos se encontraba el conejo Felipe, el poderoso ciervo Duncan, la ardillita Didi, el oso Antonio y su esposa Roberta, la lagartija Gertrudis y el pájaro carpintero Juan.
Un buen día Bubu paseaba contento por el lugar, cuando de repente, se le apareció una pequeña hada. Tenía dos antenitas que movía graciosamente y unos dulces ojos de intenso color miel. Llevaba un vestidito color violeta con un gran moño blanco; y así le habló:
-¡Hola Bubu! Yo soy el hada de los deseos y por haberte cruzado en mi camino te concederé uno.
-¿A mí... de verdad?
-Si, te daré el don de la magia.
-¿En serio? ¿Y como será?
-¡Será con el movimiento de tus orejas! Cada vez que las sacudas, podrás hacer magia y ayudar a quien quieras.
Y así fue, realizó unos giros con la varita y un brillante halo de luz cayó sobre Bubu, otorgándole el don prometido.
Esa tarde, nuestro amigo decidió retornar a su casa para descansar, pues estaba un poco confundido con tanto alboroto y necesitaba una siesta junto al fuego. Al día siguiente se despertó como siempre, desayunó y decidió dar un paseo. Cuando llegó a la loma se encontró con Felipe el conejo y notó que estaba muy triste, entonces le preguntó:
-¿Que te pasa amigo?
Estoy muy preocupado porque este año mi cosecha de zanahorias fue mala, son todas muy pequeñas -explicó el conejo. Entonces Bubu recordó sus poderes, sacudió sus orejas y abracadabra... ¡las zanahorias se hicieron el triple de grandes! Felipe no lo podía creer, saltaba de alegría como nunca antes lo había hecho.
Satisfecho Bubu continuó con su paseo y junto al viejo roble se encontró con Duncan, el ciervo sabio, que estaba mirándose en un charco de agua y repitiendo sin cesar:
-!No, no, no !
El perro le preguntó: -¿Tenés algún problema gran Duncan?
-Sucede que este año la naturaleza no me ha favorecido, mis cuernos no han crecido lo suficiente y así ninguna hembra me aceptará. A lo que Bubu respondíó:
-Yo te ayudaré -mientras sus orejas nuevamente hacían magia.
De pronto unas hermosas puntas le comenzaron a crecer de las astas. Tenían más de un metro de largo y eran muy filosas. Duncan no lo podía creer y bufaba de contento. Le agradeció mucho a su amigo y se fue corriendo en busca del amor.
Bubu ya estaba por partir cuando escuchó una vocecita, que pedía auxilio. Miró hacia la copa del árbol y vio a su amiguita la ardilla Didi en la rama más alta del roble. Le grito fuerte:
-¿Que te pasa Didi?
-No puedo bajar, subí para agarrar una nuez muy sabrosa que vi aquí arriba y ahora tengo mucho miedo de caerme, pues mis patitas son demasiado cortas para saltar... ¡siempre me pasa lo mismo! Fue entonces cuando Bubu volvió a sacudir sus orejas una vez más y a Didi le crecieron unas patas mucho más largas. Ella brincó feliz de rama en rama y cuando logró bajar, le dio las gracias regalándole una nuez.
Más tarde pasó por la cueva de los osos y escuchó a Antonio rezongando, mientras su esposa, la osa Roberta, lo consolaba. Bubu pidió permiso y entró a la cueva.
-Perdón -dijo, no quiero molestar... ¿pero ocurre algo? A lo que Roberta le contestó:
-Hola, entrá por favor, es que Antonio está enojado.
-¿Porqué? -quiso saber el can.
-Lo que pasa es que ya no tiene tanta fuerza en sus brazos y por eso le cuesta trepar a los árboles en busca de miel.
-Oh, ya veo...
-Si Bubu -agregó avergonzado Antonio, es que no puedo traer miel para mi dulce Roberta y ¡eso me pone de muy mal humor!
Una vez más Bubu ofreció ayudar:
-Creo poder darles una mano -murmuró sacudiendo las orejas. Tal vez resulte increíble, pero al oso Antonio le empezaron a crecer unos brazos fornidos y musculosos. Este se puso tan contento que levantó a Roberta del piso y giraron alegres, como una calesita. Cuando por fin la apoyò en el piso, se trepó al primer árbol, en el cual divisó un panal de abejas y lo bajó llenito, llenito, para obsequiárselo a Bubu.
El perro bondadoso se despidió y continuó su paseo. A la entrada de un puente se encontró con la lagartija Gertrudis y con Juan, el pájaro carpintero, que estaban charlando. Él se unió a la conversación.
-Buen día, ¿de que hablaban?
-Estamos comentando,que somos muy felices en este bosque, pero que yo necesitaría ser algo más veloz -replicó Gertrudis y Juan dice que ya tiene el pico gastado de tanto pica que te pica.
-¿Y ustedes me dejarían ayudarlos? -preguntó.
-¿En serio nos podés ayudar? -quiso saber el pájaro carpintero.
-¡Presten atención! -fanfarroneó un poquito, nuestro amigo, sacudiendo sus orejas por enésima vez.
Así fue como a Juan le creció un pico, igual como lo había tenido cuando comenzó a picar madera y a Gertrudis se le tonificaron los músculos de sus patas, quedando fuertes y ágiles. Ambos se quedaron sin palabras. De pronto Gertrudis corrió en línea recta sin parar y volvió a todo vapor. Cuando llegó al lugar del cual había salido, pegó un gran salto dándole un beso de agradecimiento en el cachete. Juan en cambio voló hasta el tronco del árbol más cercano y talló una inscripción bien grande que decía: "¡Muchas gracias Bubu!" Éste les dijo:
-Fue un placer ayudarlos, espero que ahora sean plenamente felices, aquí en el bosque.
Después de un paseo tan largo, Bubu decidió que era hora de volver a casa, pues ya era el mediodía y debía estar en casa para almorzar. Se despidió de Gertrudis y Juan, para volver a cruzar el puente. De repente se aflojó una madera y Bubu cayó súbitamente al bravo río. El pobre estaba tan asustado que pataleaba intentando nadar, pero la corriente era tan fuerte que lo volvía a arrastrar.
Por suerte Gertrudis lo vió y corrió en busca de ayuda, mientras Juan le gritaba:
-¡Aguanta Bubu, ya te sacaremos!
Gertrudis llegó hasta la cueva del oso Antonio y su señora Roberta y les explicó la situación. Los osos corrieron de inmediato hasta el río, mientras la lagartija lles avisaba al conejo Felipe, a la ardillita Didi y al gran ciervo Duncan. Todos fueron rápidamente hasta el lugar y una vez allí Antonio armó un plan.
- Tú Felipe trae rápido una de tus zanahorias gigantes, con ella armaremos un salvavidas. Felipe obedeció y trajo velozmente lo que le pidieron.
Mientras tanto, los otros animales ya habían atado unos juncos armando unas sogas improvisadas que ataron con rapidez alrededor de los dos bordes de la zanahoria.
-¡Juan vuela y alcánzale una punta de nuestra soga! -gritó Antonio. El pájaro carpintero tomó la soga en su pico y Bubu pudo sujetarla con una mordida importante. Entonces el oso comenzó a tirar con sus fuertes brazos.
Todo marchaba bien, hasta que de repente sucedió lo peor... ¡uno de los juncos se soltó! Valientemente Didi pegó un gran salto y cayó sobre la zanahoria, atajó las dos puntas de los juncos antes que cayeran al agua y logró atarlas. Costó trabajo, pero sin rendirse y ayudado por Roberta, Antonio logró traer al pobre Bubu hasta cerca de la orilla. Era hora, ya estaba exhausto. Por eso el gran ciervo Duncan se acercó hasta donde el agua estaba bajita e inclinó sus astas para que Bubu se sujetara de ellas.Todos los animales festejaron el salvataje e hicieron una ronda alrededor de Bubu.
-¿Estás bien? -le preguntó cariñosa Roberta.
-¡Si, muchas gracias a todos por salvarme! Entonces Juan dijo:
-¡No, gracias a vos, por ayudarnos a nosotros. Sin tu magia no te podríamos haber salvado. Entonces él les dijo muy emocionado:
-¡Ustedes son amigos de verdad, yo los quiero mucho! y para festejar los invitó a todos a almorzar en la cabaña.
Y fue así que la familia de Bubu organizó un gran banquete para todos y celebraron toda la tarde la amistad tan hermosa que tenían.
Y colorín, colorado, como decía mi abuela...

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Sobre el Autor

Marina Fernández, de Argentina

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